¿Está bien escrito mi nombre?

Por: Eric Araya

Ante el actual libertinaje ortográfico, que en ciertos puntos llega a la anarquía, y, en consecuencia, el babel como cimiento de la comunicación casi en toda esfera, abundan las censuras y los reproches —más que justificados, por cierto— hacia quienes transitan sus días sin siquiera el mínimo miramiento hacia lo que dicen o escriben.

Pero antes de discurrir por laderas quizás un tanto elevadas, y escandalizarnos por las zozobras en órbitas académicas, por ejemplo, tal vez sea pertinente inspeccionar más cerca, mucho más cerca, en lo que nuestros progenitores nos heredaron como designación e identificación: los nombres, incluidos los apellidos. No deja de ser indigno y aberrante, no obstante, ver burradas brotando por los rincones, proliferando en cada arista que debiera estar revestida de circunspección; pero tal vez estos despropósitos no sean más que una muestra mayúscula de una impericia arrastrada desde niños y, seguramente, armonizada con el cetro de la irreflexión.

En los registros civiles los nombres insólitos abundan. Y también abundan los no tan insólitos, o “comunes”, que revelan una pusilánime falta de urbanidad o, para otros ojos, una muchas veces nula conciencia de nuestro principal código de comunicación: nuestra lengua madre. Esta impericia muchas veces proviene, como bien mencioné, de los familiares, como fiel reflejo de un entorno torpe, displicente, como una tesela más del próspero rezago; y otras tantas, de la gran preparación antroponímica y lingüística de quienes están a cargo de registrar estos nombres (!). Ahora pregunto, sin el exiguo pellizco de sarcasmo anterior, ¿cuánto saben de ortografía española o de onomástica quienes idean o registran nombres? ¿Deben saber?, ¿o los nombres se escriben como se le da la gana a los padres o como la fatiga, la sordera o la torpeza le indique al funcionario del registro?

Antiguamente, los nombres estaban cargados de significados, pues realmente eran colocados con esa intención; venían ya moldeados —se supone— por la tradición vaciada en cierta denominación. En otros casos, las personas formaban un nuevo molde, breve u “original”, para describir de una manera rápida y clara —se supone también— una nueva realidad. Los más “ingeniosos”, en vista de no poder encontrar un nombre breve u original que denominase de forma rápida y clara, utilizaban acortamientos, siglas (a veces acrónimos) o préstamos léxicos (palabra tomada de otro idioma, con poca o nula adaptación), básicamente extranjerismos adaptados. Hoy, los préstamos léxicos están a la cabeza, todavía; y los nombres provenientes de otras lenguas, sin cambio alguno, también. Y los nombres tradicionales descalabrados en manos de insensatos, también.

Para mal de los herejes de la lengua, y en este caso de los que prostituyen los nombres propios con la primera impresión fonética, sin mayor esmero, podemos decir que existe una rama de la lingüística que se encarga de los nombres, llamada onomástica. Ésta, a su vez, tiene una rama llamada antroponimia, dedicada justamente al estudio de los nombres de pila (los que o se nos han dado en el bautizo o se nos han adjudicado por elección… o antojo… o bufonada) y también de los apellidos (nombres de familia).

No vamos a indagar en onomástica hasta las raíces, porque no es necesario y porque no estoy capacitado; pero sí tocaremos aristas necesarias para nuestro cometido de saber nombrar. Estas aristas no sólo recaen en la antroponimia, sino trastean igualmente en la ortografía del idioma en que está el nombre…

Nombres, nombres, nombres… Los nombres son, en cuanto a la morfosintaxis, sustantivos. Son sustantivos propios, con “cierta libertad”, sí, pero malentendida. (Por si quiere saberlo, aunque hoy no nos interesa, en cuanto al léxico, hablamos de lexías [títulos o unidades fraseológicas]). Los sustantivos, todos, son regidos por la ortografía (del latín orthographia y del griego ὀρθογραφία; [co]recta-escritura), basándose en distintos criterios, básicamente etimológico, fonémico y, tal vez el más importante en nuestro idioma y a la vez el más ignorado, semántico-rítmico. ¿Hasta qué punto hay libertad y hasta qué punto la ortografía gobierna?, reitero.

Las primeras reglas ortográficas establecidas datan de 1727, y tenían como objetivo el homologar la grafía de los vocablos, considerando las grafías que presentan el mismo o similar sonido, por un parte, y evitar, por otra, que se mantuvieran grafías que carecían de correspondencia en la pronunciación del español de la época.

En consecuencia, hoy tenemos —y desde hace mucho tiempo atrás— un sistema híbrido, muy convencional. El hablante es capaz, sin mayor problema, de determinar adecuadamente la pronunciación correcta de casi cualquier vocablo leído. Pero no sucede lo mismo en el sentido inverso; es decir, ¿cómo se escribe esa palabra? ¿Con b o con v? ¿Con g o con j? ¿Con c, con s o con z? ¿Con ll o con y? Insisto y machaco que existen numerosas letras que representan gráficamente fonemas idénticos.

Hay quienes han enarbolado soluciones, o intenciones de solucionar este “problema” (entrecomillado porque, a mi parecer, se soluciona con la lectura y con un poquito de información… y de dedicación). Ha habido una búsqueda de una correspondencia, desde un siglo antes del primer paquete de reglas ortográficas: todos rechazados. Podemos mencionar, incluso, aunque no como intención, sino como postura, al grandioso Juan Ramón Jiménez (1881-1958), quien utilizaba j en lugar de g cuando esta última antecedía a una e o una i (es decir, con el fonema /x/, el sonido de la jota).

Todo esto (muy poco) podemos decir en cuanto a la ortografía general, la que toca sólo a nombres comunes. Entonces, ¿qué tiene que ver la ortografía con los nombres de pila? Primero, la obviedad de que cada letra representa un fonema determinado, no el que se venga en gana. Esto se respeta, casi siempre. El problema es que lo que se viene en gana no es la representación en grafías (nombre escrito), sino la concepción acústica. Hay que romper con un mito, el primero. En vista de la gran variedad de hablantes y dialectos de nuestro idioma, en realidad da lo mismo si un nombre lo escriben con b o con v (a esto específicamente se le llama betacismo). Originalmente la letra b representa un sonido obstruyente, bilabial y sonoro; y la v, uno labial y sonoro. ¿Esteban o Estevan? A pesar de que muchos dirán Esteban, es posible la segunda opción, por horrenda que parezca. De todos modos, es recomendable inclinarse por la primera. ¿Osvaldo u Oswaldo? Ahora dirán ambos. No. Sólo Osvaldo. La w (doble v, a pesar de la medianamente aceptada doble u, anglosajona) no representa en español el sonido de la v, o de la b; representa un sonido similar a la u o, con pronunciación realzada, o de la sílaba -gu-. De este modo, Oswaldo se pronuncia, en español, como una especie de “Osualdo” u “Osgualdo”.

En el caso de esta insólita letra, debemos decir que es utilizada sólo para designar palabras de otros idiomas, sobre todo visigodo, alemán o inglés. Eureka, en alemán la w se pronuncia como la v (fricativa labiodental: /v/; o aproximante labiodental sonoro: /ʋ/). Por eso el filósofo alemán se llama “Osvald Spengler” (o Spenglə). Así, si se quiere tomar como préstamo un nombre de otro idioma, se deben utilizar los sonidos de acuerdo a las equivalencias entre el alfabeto latino (utilizado por el español) y sus fonemas españoles. Quien deseare, en cambio, poner un nombre en otro idioma, totalmente en otro idioma, tiene toda la libertad; pero debe hacerlo de acuerdo a la ortografía u otras reglas de ese idioma. Por tanto, quien quisiere nombres alemanes, por ejemplo, adelante: Gretchen, Ferdinand, Frieda… Sólo debe saber que, en Gretchen, el dígrafo ch se pronuncia como j española; y que, si quiere que el ritmo del nombre se apegue al original, no tendrá la obligación de poner un tilde esdrújulo a Ferdinand; y que la i en Frieda no se pronuncia (como el Frida mexicano, castellanización del hipocorístico-nombre de pila germánico). Si no sabe nada de esto, mejor haga la transcripción fonética al español (con sepa “Dios” qué sonido escucha o escuchó); pruebe con Gretjen, Férdinand y Frida. No, ¿lo quiere en inglés? Perfecto: Alice, Anthony, Brooke… Sólo debe saber que, en Alice, la e final no se pronuncia y la c se pronuncia como s española (obstruyente, fricativo, alveolar y sordo); que el sonido que produce th (thorn, ð), en inglés, no existe en español (de las dos posibles pronunciaciones, en este caso se asemeja a la d, y por tanto a la t); que, en Brooke, la doble o es una u y la e final no se lee. Pruebe castellanizando: Alis, An#ony (o Án#oni o Ántoni) o Bruk (o Bruc). Hermosos, ¿verdad? ¿O lo quiere en otro idioma? Uno indoeuropeo, como el español, el francés, el inglés o el alemán. Le recomiendo el islandés (y me lo enseña); tiene un alfabeto con 32 letras, entre ellas á, ð, é, í, ó, ý, þ, æ, ö.

Los nombres propios tienen como referente un único elemento, y carecen de significado lingüístico; se comportan como meras etiquetas. Sólo recuerde que deben regirse por las reglas del idioma al que pertenecen. Si va a poner un nombre en español (los que, si no lo sabía, provienen de nombres romanos, hebreos o arameos, griegos o germánicos, básicamente), fíjese en que esté correcto, en cuanto a fonemas y en cuanto a tildes; y si va a exportarlo magistralmente de otro idioma, fíjese en los fonemas y en los tildes. Así, si quiere que Antoni tenga el mismo ritmo que Anthony, pues póngale un tilde donde corresponde: es una palabra esdrújula: Ántoni. Si no, dirá otra cosa, dirá Antoni (no puedo poner tilde, porque no lo lleva, al menos en esa sílaba). Quien tenga problemas con los tildes (no pocos), pues ponga nombres en otro idioma; en inglés, por ejemplo. En inglés no hay tildes. Pero, eso sí, aprenda inglés.

Es español, aunque no es recomendable, utilice la consonante que quiera, mientras ésta represente realmente el sonido que usted desea. Pero fíjese si debe llevar tilde en alguna parte; en eso no hay libertad. Si usted no sabe, pregunte; y si nadie sabe, investigue… Siglo XXI.

¿Y los apellidos? Éstos son heredados por la familia. Aquí no podemos huir de los tildes. Sí se puede huir de la precisión fonética; de hecho, se vine haciendo con la venia de los propios portadores: Tovar/Tobar, Valdés/Valdez, Valdebenito/Baldevenito, etc.

Con mayor razón, aquí no se puede obviar un tilde.

—Mi apellido no lleva tilde, porque no viene en mi acta —dice la bestialidad.

(Mito dos… a todas luces con cara de falacia y silueta de herejía)

—No lo pusieron en su acta; pero sí lleva.

—El tilde es una raya innecesaria y molesta, utilizada sólo por quisquillosos y escritores, que de nada sirve —“piensan” los burros.

—El apellido ni siquiera es suyo; es heredado. Y usted y sus antepasados lo han marchitado.

Todos los patronímicos españoles, por ejemplo, llevan tilde: González, Fernández, Enríquez, por citar tres; hijo de Gonzalo, hijo de Fernando, hijo de Enrique, respectivamente. Quien no ponga tilde, aparte de mutilar su historia, está dando otra pronunciación: Gonzalez, Fernandez, Enriquez. Salvo Álvarez, todos los patronímicos son palabras graves terminadas en -z; por tanto llevan tilde. Álvarez es esdrújula; y todas estas palabras se tildan.

Mito tres: la mayúscula no exime del tilde. Ésta ha sido la gran excusa de muchos. Sí, señor, muchos textos, especialmente en sus títulos, no llevan tilde en las mayúsculas. Pero eso se debió a la incapacidad técnica. Sí, la tecnología no visaba poner tildes a las mayúsculas. ¿En su computadora, ahora, en cambio, no se puede poner tildes a las mayúsculas? Pruebe.

—Sigo sin encontrarle sentido al tilde.

—Sentido rítmico que, a su vez, es semántico, señor.

Existen las familias léxicas; es decir, un conjunto de palabras con un mismo lexema (raíz con significación): arte, artista, artesano, artificio, artificial; también existen los homógrafos: era (período, campo de trilla o pasado del verbo ser). Cuando éstos se cruzan, se requiere un signo que a través de la prosodia (correcta pronunciación y acentuación) dé un sentido diacrítico (valor distintivo):

Partícipe: Adjetivo. Que tiene parte en algo, o entra con otras a la parte en la distribución de ello. Seré partícipe de este progreso.

Participe: Forma verbal. Presente de subjuntivo del verbo participar, en 1ra persona singular o en 3ra persona singular. Espero que yo/él participe en este progreso.

Participé: Forma verbal. Pretérito de indicativo del verbo participar, en 1ra persona singular. Yo participé en este progreso.

—Pero en los nombres propios no hay que distinguir nada. Todos sabemos que es MarTÍnez y no MartiNEZ; o que es MarTÍN y no MARtin.

—Mucha razón tiene usted, mi distinguido señor. Pero es todo o nada. Así es la regla. Al existir posibilidad de ambigüedad entre sustantivos, la regla dice que se debe marcar la diferencia… por medio de tilde (al igual que la coma del vocativo). Curiosamente, este criterio es soslayado por la misma RAE en los casos de sólo/solo.

Antes bien, los hipocorísticos también se rigen por las reglas mencionadas. ¡¿Hipocorísticos?! Sí, los usados con intención afectuosa, familiar o eufemística: Lupe, Pepe, Lucho, Beto, Goyo, Mari, Luci…

Señor, señora, por favor, póngale tilde a Saldívar o Zaldívar. Póngale tilde a Enríquez o Henríquez. Póngale tilde a Valdés y no le ponga a Valdez. Póngale tilde a Sebastián, Nicolás, Bartolomé, Ángel, Míriam, Éric, Verónica, Fátima, Angélica, Bélgica, Mónaco, María, Raúl… A menos que el nombre esté en otro idioma; pero si está en otro idioma, vea en cuál, y qué reglas rigen a ese otro idioma.

Y no se preocupe por su acta. En los registro generalmente poco o nada importan los tildes…

En realidad, para ser sinceros, he estado incordiando. Los tildes son un invento de los cultos, para fastidiar a la gente que no tiene tiempo de aprender algo tan difícil. Así, si usted se llama Bárbara Domínguez y lo escribe Barbara Dominguez, a ojos ciudadanos y generales seguirá siendo BARbara DoMINguez. Al cabo, si omite las recomendaciones de siglos de tradición, sólo estará destruyendo el idioma materno, demostrando capacidad (y pedantería) frente a “segundas” lenguas, insultando a sus antepasados y portando una mentira. Salvo eso, nada más.

twitter: @eric_araya_

 

 

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