Zombi

Por: Víctor Antero Flores

Nunca antes vi morir a alguien. Y poco entendía del concepto de muerte, hasta hoy.

Conocí personas que murieron poco después de hablar con ellas; vi también cadáveres en los periódicos; inclusive de frente en sus estuches, bien vestidos y maquillados para sus exequias. Pero ser testigo del último aliento, no… Esa muerte física es sólo tránsito, hay otra, la que recién descubrí, y en verdad me aterra.

Sabía que el Tana estaba enojado conmigo. Todo por unas fotografías. El día de los quince años de mi ahijada se ofreció para hacerle unos retratos. Yo esperaba un cobro razonable, doscientos pesos el juego de postales, lo usual. Pero presentó diez impresiones tamaño cartel y mis compadres se escandalizaron ante la exigencia de cinco mil pesos. No le pagaron y no entregó el trabajo.

Pasaron tres meses de enojo. Mi amigo no quiso aceptar su error y, por supuesto, mis familiares exigían un desagravio. Como yo estaba en medio de la gresca la vergüenza me empujo a negociar.

Lo que él llamaba su estudio era un cuartucho caótico en las inmediaciones de una colonia popular. En el piso de cemento se revolvían cajas, jergas, botes, sillas desvencijadas, una tinaja con hielo y cervezas; en las paredes escarapeladas pendían cicloramas y cortinas polvorientas; en una esquina tres pedestales mohosos soportaban lámparas improvisadas con cacharros de cocina… utensilios de un artista marginal. El Tana, echado en un sofá destripado, lucía insomne, enfermo, infeliz. Su esposa lo había dejado meses antes pero, piadosa hasta el fanatismo, le enviaba comida a diario y pagaba los servicios.

—Mis compadres no te van a pagar esa suma —le informé.

Alcanzó una cerveza de la cubeta y se prendió de ella como un bebé. Luego se desparpajó en su asiento.

—Me vale madre —masculló—, así son todos, nadie valora mi trabajo. Todo el mundo quiere las cosas gratis… y no sólo eso, su intención es ponerme en ridículo. ¡Y cuando digo todos, me refiero al país! —escupió con sonoro chasquido en una lata vacía—. Es una competencia asquerosa. Cada vez que me contratan llevan a otro fotógrafo con un equipazo digital, con muchas lentes y flashes de lo más nuevo —se zafó las botas a empellones y las arrojó lejos—. Pinches fresas, creen que por eso ya son chingones. Yo con esta camarita Pentax, saco mejores fotos que esos cabrones. Yo soy artista. A ellos los contratan para ponerme en ridículo. En las iglesias siempre me la hacen de pedo.

—Son los fotógrafos del sindicato —aclaré—, tienen plazas en los templos.

—¡Bah!, lo que sea. Sólo quieren humillarme, todo el mundo esta clavado en ese morbo de probar quien es mejor —de dos tragos terminó su bebida y se hizo de otra—. Les apasiona ver que alguien salga cabizbajo de un lugar. Como en los concursitos de la televisión. Y lo hacen sabes por qué… ¿sabes por qué?… porque yo soy mas chingón que todos ellos y no lo pueden soportar.

Con los pies empujó su trono de borra hasta el rincón donde tenía la computadora. De un manotazo limpió la mesilla de envolturas y botes de cerveza vacíos y se enroscó frente al monitor. Tecleó atropelladamente las letras decoloradas. Aquel equipo, en mal estado, era la evidencia de que hubo una época mejor.

No intenté hacerlo razonar. Lo conozco y ya hace tiempo que se ha calvado en el alcohol, en la soledad, en Internet; y está empecinado con que el mundo gire hacia el lado de sus conveniencias. No lo dice, no lo sabe, pero jura que su verdad personal es la misma que rige al universo. Vive un delirio donde las pajas en ojos ajenos son vigas que lo perturban.

—Estoy subiendo a la red mis fotos —dijo muy ufano—. A mí me ven en todo el mundo. A esos cabrones no. No necesito salir de aquí para ser grande —me vio, pero no me miraba, su vista se había extraviado en un punto lejos de todo—. Es más, ya hace tres meses que no salgo. Afuera me da miedo. Ya no voy al cine, ni al antro, ni a la plaza… ¿para qué? ¿Para que se burlen de mí? Afuera sólo hay hostilidad. Aquí soy feliz —volvió a golpetear las teclas con el rostro hundido en la pantalla—. Internet me lo da todo. Ahora es mi mundo. Aquí me quedo.

Dio un trago enorme a su bebida y se enfurruñó, sumiéndose en el viejo sillón. Ni siquiera agradeció los dos mil pesos que le di para terminar con el pleito de las fotografías. Había muerto en vida y yo fui testigo del hecho. Su espíritu hizo el tránsito del mundo real al virtual. Ahora es un zombi. Y como él hay muchos; pasan a nuestro lado, los vemos, les hablamos, pero no percibimos su mortecina condición. Ellos no esperan el final de los tiempos y tampoco la resurrección.

El cuento Zombi, resultó finalista en el concurso internacional Relatos Bajo el Puente III de la editorial española Puente de Letras, 2009. Fue en incluido en el libro conmemorativo.

3 de octubre de 2008

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s