UN BANQUETE EN CASA DE LOS KAFALLO

Por Mario Arteca

1

Antes la chinchilla de ojos
piedra pómez, en la cubierta
del velero lapón, en mare
tenebrarum, ahora se acercan
rodeando una tarde -sita tras
la gran guerra que bajó
a 10 mil judíos pescadores
del Vitosa, y que supieron
macerar cerdos para la gran iglesia
de la cortada Georgi Dmitrov-
y son aún la huella que agitan
los árabes de la vieja fábrica
de sosa, en Devnia, ahora
que se han multiplicado
para este festín sin gobierno.

Mika el marinero pespuntea
su suerte en los resoplos del alisio
-bravo y efímero, siendo todavía
la amarra sensible a la entrada del bajío.
Antes Georg, la laucha de los arrabales
del Mar Muerto, ilustre por su cabello
enjundioso (nada escaso como el mío)
y cociendo bajo estricta receta
martinetas, lenguados y pollo al pimentón.

Asisten a la residencia de los Kafallo
remeros y luchadores; también
polígrafos de crónicas profanas
(los menos). Entre los humildes
e invitados se hierve así de baja
la carne blanca y redonda
como una bola de billar.
La sazonan con vino seco del Maritza,
del Struma, o del Danubio (en su merma)
y nada azul y una vez ronco su pigmento.

Toda la noche y en la arena espesa
acerca del barrio detrás del túmulo
de nombres que se llevó el mar,
y que también alimentó el lecho
calcáreo del puerto de Burgas.
Ni aún así los tubérculos engranan
la discordia si restan el nocturno
en los fuentones. Donde las púberes
sin sacrificio doblan su murmur
a un lado y otro de la gran mesa.
Se llaman a silencio en su guardia
de muchachos, que ahora queman
entre cilindros de luz sus cóncavas ojeras.

No antes las lauchas que liaban
en la minucia
capearon años de violencia.

2

En lo de Andro es donde mejor
se cuecen las ranas
de los benignos arroyos de Stara Zagora.
Las esquirlas de viejos obuses
le han dado un sabor más espontáneo
a las aguas (ahora pálidas
como papel y antes oscuras
como la turba; después sencillas
en los oriundos que devoran
sin prisa la cebada). Menos
que el coque en las salamandras,
el oil de las refinerías ya se cuenta
con los dedos de una mano.

Pero no estaban en lo de Andro.
El anciano canilla de la zona opulenta
de Varna dejó este mundo sin confirmar
su presencia. Un camafeo donde reposa
el rostro anémico de Justiniano
fue puesto como óbolo
para tapiar la mirada de ese caballero.
Unas pocas levas que inviertan la ingratitud
de la partida en buen tabaco búlgaro
y en tierna cerveza, su perfume.

3

En ausencia de un buen cordero
(escaso en estos días) el grupito
desolla sin culpa al gato capón,
gordo y negro, recién meado
en los sembríos.
La delicia de los niños de Sofía
no oscurecerá el hambre adulta.
Ahora las bombitas de la calle Dmitrov
se encienden de a una y sus ojos
en rachas, sus columnas de azogue
brillan adrede hasta empaparse de carne.

Tambalea la concurrencia junto
al vino picado y bajo el calor del repollo
en el loco aderezo. Pero por nada ríen.

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