S e r e n i d a d

por Guillermo Samperio
Cuando nacemos, no elegimos pensar, sino que pensamos sin más. Es un río por el que rara vez pasa el mismo pensamiento. Pensar no exige un esfuerzo especial; recordar a veces lo pide, pero buena parte de la memoria se recupera con esfuerzo. La otra parte aparece por asociación entre una idea y otra – a través de todos los sentidos, incluida la intuición -, y por las que emite el inconsciente. La rememoración, de alguna manera, es un trabajo y de otra no. Pero pensar no es ningún trabajo: se piensa, nada más.
Sin embargo, este proceso no suele ser tan nítido, pues el hombre incorporó sistemas de conceptos a través de los cuales interpreta las cosas tangibles y las huidizas – como la idea del pensar o el cariño -. A esto también se le llamó pensar. Pero viendo el asunto de cerca, el acto de interpretar implica ya un trabajo, hay un esfuerzo de voluntad. Tal vez su verdadero nombre sea ése: interpretar. Lo que llega a suceder es que, bajo el movimiento de un sistema de nociones, se encuentra el pensar; quizá parcialmente utilizado o medio detenido, lo cual podría derivar en la atrofia del pensamiento al sustituir interpretación por pensar.
Se ha reconocido, sin embargo, que por medio de estructuras conceptuales se vean las cosas y, una vez establecidos los códigos, hagamos algo semejante al pensamiento. El código se modifica o queda en desuso, y se incorporan otros. Mientras tanto, el pensar lleva un código oculto que, según el camino del pensamiento, se modifica y se amolda, o se va creando en el movimiento de las ideas nacientes. Si traemos a este sitio dos ideas del poeta francés Roger Munier, en traducción de José María Espinasa, tendríamos otro rostro de lo mismo. Es decir la aparición del concepto: “Todo aquello que es signo o maravilla llega como antes de que tenga lugar. Se precede admirablemente”. La ubicuidad de pensar: “Detrás de lo que pienso, y enmascarado por lo que pienso, está lo que pienso”. Quiero suponer que el momento “antes de que tenga lugar” lo está ocupando el pensar, previo a la visibilidad del signo. La segunda frase, irónica, indica el proceso inverso: detrás del signo, con máscara de nociones, encuentra ubicación el pensamiento. Además, Munier señala cómo el verbo “pensar” se aplica indistintamente.
El pensamiento está ligado a la diversidad: la idea zapoteca del tiempo, que ve el pasado delante del presente, difiere de la de Gaston Bachelard, quien habla de la caída del instante en un abismo para que nazca otro instante. Si profundizamos a lo mejor no hay contradicción, pero lo importante es que muestran una diferencia. Frente a esta realidad múltiple, de pronto el mundo se empieza a regir por un “lenguaje” computacional y por un idioma, reduciendo y uniformando lo diverso. Lo grave es que, a pesar de las bondades de la programación, “los usuarios” sustituyen su peculiar proceso de pensamiento por el de la electrónica y por una lengua que no es suya; se genera una especie de autotraición o, como diría el pensador francés Bernard Noël, la castracción mental. El problema de la televisión dominante, la de entretenimiento, es que, al final de haberte expuesto un par de horas al televisor, sigues siendo el mismo; no creaste memoria ni experiencia existencial y el tiempo huyó de ti. Resulta algo semejante a lo que dice Noël.
El pintor holandés Bram van Velde hace una sugerencia para estos megaproblemas: “Es necesario que todo pase fuera de la voluntad, del intelecto. Dejar que ascienda lo desconocido”. En esto coincide con Heidegger, quien considera que si el pensar no es un trabajo ni requiere esfuerzo, ni enmascaramientos, ni desmemoria ni autotraiciones, entonces no es un acto de voluntad; se piensa sin más, sin elección. El pensar es el camino del pensar mismo, de donde ascenderá lo desconocido. En este camino, aunque se tengan presupuestos, no se sabe con certeza a dónde se arribará. La única manera de abandonar la “voluntad de pensar” – entiéndase mediaciones y distorsionadores -, está en la serenidad, en el dejarse estar pensando, permitiendo que fluya el mecanismo originario del pensamiento. El último acto de voluntad que podría tomarse, diría Heidegger, consiste en abandonarse a la serenidad que es el pensar mismo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s