Cynthia Lucía Menchaca Arizpe

El stripper sin twitter.

–          Hola me llamo Mauricio y soy stripper.

–          Hola Mauricio.

Mauricio observa temeroso a la concurrencia aferrándose al pedestal y al micrófono, los rostros  atentos en espera de sus palabras lo hacen vacilar. Le sudan las manos y siente ganas de vomitar. Una mujer regordeta y sonriente nota su nerviosismo y rápidamente, con una agilidad que nadie esperaría de alguien de sus dimensiones, se levanta de su silla y le da un pequeño frasquito sin tapa y con un algodón dentro, al parecer empapado de alcohol.

-Lo llevo siempre conmigo por si necesito una inyección- le dice en tono confidencial- también son miembro de un grupo de apoyo a  hipocondriacos.

Mauricio acerca el frasco a su nariz y aspira con fuerza, observa de nuevo al auditorio y decide regresar a su asiento. Pero antes de que lo haga siente una mano que le toma el brazo con fuerza  para evitar que abandone el pedestal. Voltea a ver quien está obligándolo a seguir frente al grupo y ve a un hombre pequeño, que no sobrepasa su hombro, de enormes ojos saltones y labios muy delgados.

–          Todos queremos escuchar tu historia y tú necesitas contarla ¿verdad Mauricio?- dice mostrando una mueca que pretende ser una sonrisa.

–          Si Matías – dice Mauricio titubeante

No sabe  por qué contestó aquello, cuando en realidad lo que quiere es salir corriendo de ahí, pero a pesar de que el hombre ya le ha soltado el brazo, sigue ahí sin atreverse a emprender la retirada, pálido, detrás del pedestal, sudando y sintiendo pánico. Al fondo del salón ve a Matías que rápidamente se ha colocado junto a la puerta, respira profundamente y tal como si hubiera recibido permiso, o una orden, Mauricio comienza a contar su historia.

-Todo comenzó hace mucho tiempo, incluso antes de que yo me diera cuenta de que este rollo estaba comenzando, creo que fue cuando mi banda tocó por última vez en un concierto, claro que yo no sabía que aquella sería la despedida, pero lo fue, lo debí de haber previsto cuando entre el público había casi tantos niños como adultos, todos mis amigos nos habían ido abandonando poco a poco para convertirse en padres,  en fin, se fueron y me quedé solo, recordando los viejos tiempos. Pero yo no iba a claudicar, no señor, yo estaba decidido a seguir hasta el final, busqué nuevos talentos, chavos con iniciativa, que me dijeron viejo, se burlaron de mí, y se largaron a hacer una banda entre ellos.

Entré a trabajar de cajero a una tienda de abarrotes  por el barrio donde vivía, es por mientras,  pensé yo, nomás por mientras, ¿mientras qué? No lo sé.

Un día llegó a la tienda una mujer espantosa, realmente horrible, yo pasé la mercancía como en automático,  le cobré sin voltear a verla, como acostumbraba hacerlo con toda la clientela, pero ella al pagarme tomó mi mano entre las suyas, regordetas y sudorosas y no me soltaba, yo tuve que voltear  a ver su cara y vi aquella aterradora sonrisa y terrible maquillaje, después de asustarme pensé ¿porqué alguien se maquillaría así?  Tal vez necesitaba lentes pero se negaba a usarlos, tal vez se maquillaba a oscuras o de plano con coraje. Eran las únicas  opciones que se me ocurrían para explicar tan violento resultado. Unas cejas negras dibujadas anormalmente, un color rojo que se salía del límite de los labios, y tres rayas trazadas como lo haría quien se dispone a ir a la guerra, una en cada mejilla y otra en la frente, en medio de las cejas. Como toque final tenía un turbante de flores que cubría su cabello. Pensé que tal vez su vejez no sería tan patética si no pretendiera ocultarla, pero más tarde descubriría  que estaba equivocado.

La mujer me vio a los ojos y me dijo que si no me gustaría ganarme un dinerito extra, yo le arrebaté mi mano,  sequé el sudor en mi camisa y le dije que no gracias, ella se rio con ganas, con una risa aguda e interminable, yo volteaba para los lados, esperando que no hubiera testigos de aquella plática, pero la tienda estaba llena de gente que fingía no estar oyendo.

-No es lo que te imaginas criatura- me dijo cuando por fin terminó de reír y me dio una tarjeta de presentación color rosa- soy representante de una marca de cosméticos mi dijo orgullosa, pero no es para eso para lo que  te quiero,  es una chambita interesante, ya verás, llámame-  yo guardé la tarjeta en el fondo  de la caja registradora, y ella por fin se largó.

En la noche cuando llegué a mi cuarto traté de abrir la puerta sin a hacer ruido, para que Doña Enedina, la dueña de la casa no saliera a cobrarme la renta, pero parece que tiene radar la vieja, así que salió con el delantal puesto y un cucharón en la mano gritándome que le pagará lo que le debía, después de discutir un rato y prometer que le pagaría a fin de mes,  llegué a mi cuarto, pateando la basura para poder avanzar, me senté en la cama, encendí mi laptop  y comencé a checar mis correos y mi cuenta de facebook, pero después de todo el día desconectado, descubrí que no tenía un solo mensaje, vi las fotos de los hijos de mis amigos y los comentarios cursis que se dejaban a la vista de todos, como si a los demás nos importara su vida, cerré mis cuentas y me desvelé viendo las páginas de siempre y me quedé dormido con la laptop prendida.

Así pasaron varios días, encontrándome la dichosa tarjetita cada vez que hacía un corte de caja, total que para no hacerles largo el cuento, finalmente tomé la tarjeta y la leí, al parecer la mujer del turbante se llamaba Lucina, así es, no Lucía, Lucina y para colmo se apellidaba   Maravillas. ¿A quién se le ocurre ponerle así a su hija? Nomás faltó que le pusieran por nombre Alucina, en fin, vi que la tarjeta color rosa tenía un muy impregnado olor a jazmines, hay que recordar que estaba realmente aburrido y  quebrado, así que sin pensarlo dos veces le llamé. Mientras marcaba pensaba en el nombre de esta mujer que no tenía suficiente con ser fea y vieja, y el subconsciente me traicionó, tanto que cuando me contestó le pregunté que si era Alucina Maravillas.

A ella le causó tal gracia mi ocurrencia, que me respondió con esa espantosa y aguda risa  que me pareció eterna, cuando estaba a punto de colgarle me dijo que sí, que era Lucina, que si yo era el chico guapo de la tienda, yo no pude evitar el sentirme halagado, llevaba días sintiéndome invisible y miserable así que  en ese momento me di cuenta de cuanto necesitaba oír aquellas palabras. Ella me dijo que me esperaba al día siguiente,  sábado por la mañana en su casa, que la dirección era la de la tarjeta.

Al día siguiente al llegar al domicilio, encontré una vieja casa que parecía abandonada, toqué un par de veces y cuando estaba a punto de irme se abrió la puerta, hay güey, que cosa mas espantosa,  con decirles que descubrí que  el maquillaje horrendo era necesario, era la misma anciana, pero sin cejas, ni pestañas, con la cara llena de manchas, tenía manchas en las manchas, los ojos eran como los de una rata albina y el cabello ralo, tanto que la luz del sol entraba hasta el cráneo. Cuando se rió me acordé que tenía boca, eran tan pálidos los labios que no me habría extrañado que su rostro se abriera en cualquier lugar para mostrar los dientes.

-Hola mi amor, que bueno que te animaste a venir- me dijo, y claro que con aquellas palabras yo me terminé de espantar ¿mi amor? ¿Cómo que mi amor? Luego me enteraría que Lucina acostumbraba decirle mi amor a quien tuviera en frente, al mesero, a la peinadora, al cartero, hasta al perro callejero al que le daba de comer, pero en ese momento no tenia forma de saberlo y me dieron ganas de salir corriendo, no sé por qué no lo hice, entré detrás de ella.

Me invitó a pasar a la cocina y me sirvió una taza de café negro y sin que yo le preguntara nada comenzó a decir:

-Tengo un grupo de amigas, nos juntamos los miércoles a jugar baraja y los viernes a ver stripers, pero no nos gusta ir a lugares llenos de chavitas, así que los contratamos para que bailen aquí en mi casa.

Se me hace que me vio cara de que no le estaba entendiendo porque me dijo.

–          Ven te voy a enseñar el salón.

Me di cuenta de que la casa era más grande de lo que parecía, tenía un salón con templete, cortinas y sillas.

-Yo era maestra de ballet.- me dijo como para explicar aquel lugar- pero eso fue hace mucho y ahora este será tu escenario.

Aquella mañana salí de ahí jurando no volver jamás, me olvidé de Lucina y de su oferta y no volví a acordarme de ella hasta que llegó el fin de mes y de nuevo no me alcanzó para pagar la renta de mi cuarto. Era jueves y Enedina me gritaba que ahora si iba en serio, que o le pagaba o me echaba de patitas a la calle, yo le dije que el sábado en la mañana le daba el dinero, que ya tenía otra chamba y que ahí si que iba a ganar muy bien, ella  siguió gritándome hasta que se cansó o le dio hambre, no sé, pero se fue y me dejó solo, y le llamé a Lucina, le dije que ya estaba listo. Ella me dijo que que bueno, porque no tenían stripper para el día siguiente, que nos veíamos en su casa a las siete porque a las muchachas no les gustaba desvelarse ni manejar de madrugada. Después de colgar me puse a ensayar unos pasos con música de “Los Tigres del Norte”, lo cual hizo regresar a Enedina  a reclamarme que sí que era un descarado, que debería de estar llorando porque ya me iba a echar y que en lugar de eso estaba muy contento oyendo música, yo le dije que en lugar de estarme regañando me ayudara, que le quería enseñar unos pasos de mi baile, para ver si me iba a ir bien en mi presentación.

Comencé a bailar lo mejor que pude y me quitaba la ropa frente a la mirada burlona de Enedina. Cuando terminé me dijo:

–          Vete de cargador al mercado, con esos contoneos te vas a morir de hambre.

–          Pero no se vaya, dígame que hago.

–          Para empezar, te encueras muy rápido, tienes que ponerle emoción al asunto y cambia de música.

Y sin decir nada más se fue, la podía oír riéndose de mí mientras regresaba a su casa. Ya no seguí ensayando, me puse a revisar mi facebook y encontré lo mismo de siempre, nadie le había puesto “me gusta” a mis decretos metafísicos y no tenía  un solo mensaje. Total que me quedé dormido alucinando a Lucina y al día siguiente al salir del trabajo me encaminé a su casa sin saber que era lo que iba a hacer.

Apenas toqué a la puerta, me abrió Lucina, esta vez estaba maquillada. Me dijo que pasara al salón y me preparara mientras que llegaban las muchachas, entré y busqué unas bocinas para mi ipod, pero no había, al lado del templete había un aparato de música de esos que tocan discos y cassettes, eso si que no me lo esperaba, total que busqué de entre los cassettes algo de música para bailar, los cassettes no tenían etiquetas así que probé el primero que me encontré, era una vieja llorona de voz aguda, lo quité luego luego, después puse otro y resultó ser de un mariachi, por último me encontré uno que si tenía etiqueta, alguien le había puesto con pluma “Carlos” me imaginé que era de algún otro stripper que había salido corriendo de aquel lugar, lo puse y me pareció que eso podía servir.

Detrás de las cortinas encontré ropa, de diferentes tallas y me decidí por un traje de vaquero, pero como las botas me quedaban chicas, me puse las de un disfraz de bombero que me quedaba grande, pero que tenía las botas de mi tamaño. Total que iba a comenzar a practicar cuando oí ruido, era como si un montón de guacamayas hubieran entrado de repente, me iba a asomar por las cortinas cuando Lucina entró, me quitó el cassette de las manos y me dijo:

-Ya estás listo? Órale pues y me aventó al escenario.

Fue la visión más horrible de mi vida, era como si a Lucina la hubieran clonado y llenado una sala con sus clones, la turba de cacatúas me gritaba y chiflaba cosas que no entendía, no sé si porque estaba bloqueado o porque en serio no se les entendiera ni madre a aquella bola de viejas locas. Total que la música comenzó, y yo seguía sin moverme, entonces una viejita del tamaño de una niña sacó un billete de su bolsa y me lo enseñó sonriente, todas las demás hicieron lo mismo y al oír la música del cassette yo comencé a bailar como si alguien más me estuviera moviendo, sentía que no  era algo real, casi casi que podía ver aquel circo desde lejos, pero ahí estaba yo, bailando y quitándoles el dinero a las ancianas. Sentí los flashazos de una cámara y posé para ese lado, total que me fue muy muy bien, tanto que  al día siguiente le pagué a Enedina la renta atrasada y todavía me quedó algo de dinero.

Juré nunca volver a bailar para las “muchachas”, pero claro que regresé, y no solo por el dinero, Lucina me daba las fotos que me tomaba al bailar, la cámara era de ella, y yo las escaneaba y  las subía para que todos pudieran verlas, las ponía en twitter y en  facebook y todos mis seguidores y mis amigos opinaban algo, no me importaba que fueran críticas o halagos, yo había dejado de ser invisible, ya tenía más comentarios que el bebé de fulano o los consejos de zutano, ahí estaba yo triunfando con cientos de seguidores en twitter.

Fui mejorando mis rutinas y de vestuario, y ya no solo subía fotos sino también videos, para que todos se dieran cuenta de los alaridos que arrancaban mis presentaciones, claro que le decía a Lucina que no tomara al público, estaba bien que me gustaba crear polémica pero no quería ser motivo de burla. Total que mi vida comenzó a tener sentido, o al menos eso creía yo, hasta que un día, llegó Matías y me hizo ver que aquello estaba mal.

Me dijo mira Mauricio, una cosa es bailar por dinero  y otra muy diferente tu obsesiva necesidad de seguidores en el twitter, ¿te das cuenta de que requieres de ellos para sentirte bien? Tengo un grupo de apoyo que te puede servir, somos strippers todos nosotros.

Primero pensé que no era posible que hubiera tantos stripper, pero luego descubrí que no todos nos desnudamos literalmente, y poco a poco fui comprendiendo mi problema, nuestro problema- agregó Mauricio ante los rostros de comprensión del auditorio.

–          Gracias Mauricio- dijo Matías- puedes regresar a tu lugar.

Mauricio se sentó entre los asistentes, y subió al estrado una mujer joven:

–          Hola me llamo Rebeca y soy stripper

–          Hola Rebeca- contestaron todos a una voz.

–          No puedo dejar de poner mi estado de ánimo en facebook, es más a veces miento respecto a como me siento para parecer más interesante….

Cynthia Lucía Menchaca Arizpe: Saltillo, Coah 1962

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