Brenda Navarro

Jauría de perros

––Vamos a seguir haciendo esto hasta que nos salga bien. Después ya veremos.

No tenemos prisa–– Me dijo mientras se ponía las botas.

Yo no contesté nada. Le tengo miedo. No sé por qué, si lo miro bien, de lejos, sé

que es más chaparro que yo pero, algo tiene, quizá su forma de ser tan

determinada. Me da miedo contradecirlo. Así que encogí los hombros, chupe la

paleta de sandía y respiré profundo. Él pasó a mi lado, me dio una palmada en el

hombro para indicarme que teníamos que irnos. Le hice caso y fui detrás de él.

Está difícil salir del edificio sin que algún vecino se entere. Todos se asoman a su

ventana cuando oyen que se abre el zaguán. Se justifican diciendo que es por

seguridad, es mentira, son metiches. Entonces él y yo siempre salimos corriendo

como si alguien nos persiguiera, así ellos saben que somos nosotros y no se

asoman a vernos. Es una buena táctica, porque mientras más ruido hacemos,

menos les importamos.

Caminamos hasta llegar a Álvaro Obregón, ahí vimos a un policía de tránsito con

su chaleco fluorescente que rompe la retina. Me acuerdo que me dijo algo pero no

lo escuché. No le quise preguntar nada, porque no quería provocarlo, a lo mejor y

se ponía loco y el policía lo veía y se acababa todo. Le dije que sí y esperamos

que el semáforo se pusiera en rojo para pasar. Mientras más nos acercábamos a

la calle de Jalapa, más me temblaban las piernas.

Me puse a ver alrededor, como si buscara una señal o algo. Lo mismo de

siempre: señoras con sus hijos caminando como si las corretearan, mujeres en

colores chillantes muy a la moda, hombres en bicicleta y lente oscuro, señores

sudados que se niegan a entrarle al mundo moderno e intentan perpetuar sus

locales cada vez menos visitados. Los distingues porque son indiferentes, como si

la modernidad les diera asco y los jóvenes fuéramos inferiores, sus ojos están por

encima de nosotros, no son capaces de mirarnos de frente. Por eso él los odia,

cree que nuestros padres y nuestros abuelos nos han legado un mundo que no

merecemos vivir.

Me pidió un cigarro, antes de llegar a la calle de Guanajuato. Lo miré

desconcertada, no traía cigarros. Habíamos prometido dejar de fumar dos días

antes. Se enojó. Escupió al suelo. ¡Cómo me encabrona que escupa al suelo el

pinche cochino! Me da pena estar a su lado cuando hace eso. Me miró feo, yo le

regresé la mirada con odio, porque, una cosa es que yo le tenga miedo, y otra muy

diferente a que él lo sepa de antemano. Siempre le doy guerra, no me dejo, y si

nos vamos a los madrazos, nos vamos parejos. Él lo sabe.

Comencé a provocarlo, le dije dos o tres cosas que lo hacen encabronar:

que si es un pinche cochino (y lo es) o que si su palabra vale para madres, porque

siempre quiere volver a fumar. No me dijo nada, siguió con su paso firme, como si

fuera a cumplir una misión. Lo seguí en silencio, me doy por vencida muy rápido,

siempre ha sido mi problema. Me preguntó qué entonces por qué le había dicho

que sí traía cigarros. Le chasqueé la boca.

Para cuando íbamos dando la vuelta en Jalapa sentí que no iba a poder. Me

arrepentí. Le dije que ya no iba. Me miró feo. Le dije un tímido no. Se quedó

parado mientras me veía, luego hizo un ademán como diciéndome que me

apurara. No, no quise. Siempre me han dado miedo los perros. Sacó la botella de

agua, le dio un trago y volvió a mirarme. Tiré mi paleta de sandía.

Yo quería que alguien, quien fuera, me ayudara, que se supiera qué estaba

pasando, que por acto de magia le hablara a mi mamá y mi mamá fuera por mí, y

que le volviera a decir a él que ya no podía ir a verme, que me prohibía su amistad

y que me llevara de la oreja, o con su mirada fulminante para la casa y no me

dejara salir en varios días para que tampoco me lo pudiera encontrar en el patio

del edificio. Pero él me siguió mirando y yo me sentí muy sola. Volteé hacia la

tienda donde venden cosas de gatos, buscando la mirada de la persona que

atendía y que pudiera adivinar que yo no quería hacer nada. Pero en eso tiene

razón mi papá, una siempre espera que los demás le resuelvan la vida y en la

espera, se nos van las oportunidades. Ni modo, pensé y volví a emprender el

camino a su lado.

Llegamos a la casa amarrilla. Los perros que estaban adelante nos reconocieron y

comenzaron a ladrar. Él, como si nada, abrió el candado mal puesto y se pasó.

Hizo como que limpiaba el anuncio de venta de la casa y luego se fue al patio

trasero. Yo, como otras veces, volteé a ver si alguien nos decía algo y luego me

metí. Nadie nos dijo nada, a todos les dan miedo los perros cuando son muchos.

La gente da por sentadas las cosas.

Comenzó a llamarlos mientras yo quería ser invisible. Les dio agua, todos se le

acercaban muy amigables. Esa vez los conté. Eran como doce, todos feos, mal

olientes, flacos, con pulgas, feos. Él me miró con ternura, ya sabía lo que tenía

qué hacer. Lo tuve que obedecer, me metí a la casa y me puse el suéter. Esa casa

es fría, oscura, creo que por eso nadie la compra. Apreté los labios y subí las

escaleras. Escuché los ladridos detrás de mí.

Ahí estaba la silla mugrienta, tragué saliva en seco. Quería salir corriendo. ¡Ah,

pero soy tan cobarde! Fue entonces que él subió junto a los perros y yo tuve que

cumplir con lo pactado: me bajé los pantalones y los calzones. Me los quite para

que no se ensuciaran y me senté abierta de piernas. Él sonrió. Se sentó en el

suelo, se abrió el cierre del pantalón y comenzó a masturbarse; y como si de

antemano lo supieran, uno a uno, los perros se acercaron a olerme, a lamer mis

labios vaginales, a husmearme por dentro. Volví a llorar. Intenté no hacerlo pero lo

hice: lloré, lloré mucho. A los perros no les importa, siguen lamiendo pero, es a él

al que le cuesta trabajo, por más que se esfuerza no se viene y cuando se frustra

dice que es por mis lágrimas, que así no vale. Entonces me subí el pantalón, me

acomodé la ropa, aventé a los pinches perros y me salí corriendo. Sus ladridos

me dicen que él se queda ahí, me consuelan.

Sé que él volverá y querrá que regresemos con esa jauría de perros hasta que las

cosas salgan bien, ya me lo advirtió.

Brenda Navarro: Distrito Federal, 26 de febrero de 1982


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